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Este año se cumplen 25 de la puesta en servicio del
primer tren de alta velocidad del continente europeo, el TGV francés.
Los servicios comerciales de AV entre París y Lyon no comenzaron a
prestarse hasta septiembre de 1981, pero el 26 de febrero
de ese año fue una fecha clave en la implantación de este transporte
pionero en Europa: ese día, una rama de Alstom alcanzó una velocidad
punta de 380 km/h, estableciendo un récord mundial de velocidad que
sólo batiría en 1990 otra unidad TGV -en este caso una del TGV
Atlantique- al superar los 515 km/h, y que avanzaba el éxito que iba a
tener este modo. En este tiempo, y
mientras España cambiaba al ritmo vertiginoso que le imponía una Europa
cada vez más consciente de sí misma, los veloces trenes franceses
transportaron a más de 1.200 millones de pasajeros.
Sólo el pasado año, 100 millones de pasajeros fueron transportados por
trenes de Alta Velocidad en Francia, gracias a más de 800 composiciones
que prestaban servicio cada día en una red con más de 1.540 kilómetros
de líneas y 250 estaciones.
Estos datos son los que terminaron por convencer a todos los escépticos
de las bondades de un medio de transporte que pocos años antes se
disponían a enterrar y olvidar. Por eso, gracias a esos números, pero
gracias ante todo a la determinación de los sucesivos gobiernos
franceses que hicieron posible el TGV, Europa pudo asegurarse de que el
modelo era exportable. De que la Alta Velocidad era factible y rentable
y de que, en realidad, su crecimiento futuro pasaba por asegurarse este
tipo de proyectos. Ahora, mientras vemos cómo se
prepara la inauguración del segundo y último tramo del enlace
Londres-Eurotúnel o de la conexión sur de Países Bajos con Bélgica,
mientras la Deutshche Bahn prueba sus composiciones ICE 3 en la red
francesa, y justo cuando las máquinas perforan los Alpes y los Pirineos
para conectar Italia y España con Francia, es el momento de echar la
vista atrás mientras miramos al futuro. Y de decir "Gracias, Francia. Y enhorabuena, Europa".
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